Cuadros, autómatas e instrumentación: la avería que aparece tres semanas después del incendio

Cuadros, autómatas e instrumentación: la avería que aparece tres semanas después del incendio

Hay una secuencia que en las naves y talleres del Camp de Tarragona se repite con una regularidad desalentadora. Se controla el fuego, se retira lo calcinado, se hace una limpieza rápida, la instalación vuelve a arrancar y todo el mundo respira. Se cierra el parte con la compañía. Y entonces, entre la segunda y la sexta semana, empiezan los fallos: un contactor que se pega, un diferencial que dispara sin causa aparente, una tarjeta de autómata que muere, un variador que entra en falta, un motor que se calienta, un sensor de campo que da lecturas imposibles. A esas alturas nadie relaciona una cosa con la otra, y el expediente del seguro lleva días cerrado. No es mala suerte: es corrosión por humos ácidos, y es el daño peor entendido de todo el sector.

Por qué el equipo funcionaba perfectamente el primer día

Porque el deterioro necesita tiempo y humedad. El depósito clorado que deja la combustión de cableado, canalización y material sintético se posa sobre bornes, embarrados, contactos y placas formando una capa finísima que no interrumpe ninguna función. El equipo enciende, la línea arranca, el autómata ejecuta su programa y todos concluyen que se ha salvado. Pero esa capa capta humedad ambiental y, al hacerlo, se vuelve conductora y ácida. A partir de ese momento hay un proceso electroquímico trabajando bajo la superficie, invisible y silencioso, que va reduciendo secciones, degradando contactos y creando caminos de fuga donde antes había aislamiento. El fallo funcional es solo el final del proceso, no el principio.

Qué elementos se llevan la peor parte

Por orden de fragilidad. Primero, la electrónica de control: tarjetas de autómata, módulos de entradas y salidas, variadores de frecuencia y fuentes conmutadas, con pistas finas y componentes de paso reducido donde una migración mínima de material ya provoca fugas. Segundo, los cuadros eléctricos, donde el residuo entra por las rejillas de ventilación y se acumula justo encima de bornes, embarrados y contactos plateados. Tercero, los motores y compresores, cuyo propio ventilador introduce el aire cargado sobre el bobinado. Cuarto, la instrumentación de campo: transmisores, células de carga, finales de carrera y conectores, que suelen estar en la periferia y que nadie revisa porque «no estaban cerca del fuego». Y por último la parte mecánica y la herrajería, donde el daño es más lento pero igualmente real.

Cómo se detecta antes de que sea tarde

La inspección visual a distancia sirve de poco cuando el depósito es fino y claro. Lo que funciona es abrir y mirar dentro: retirar carcasas y tapas de armario, revisar el interior de los cuadros, examinar disipadores, ventiladores y filtros y buscar el patrón característico de partículas allí donde el flujo de aire las ha concentrado. Como complemento existen procedimientos de extracción acuosa sobre superficie y tiras de detección que confirman la presencia de cloruros y permiten dejar constancia con un dato objetivo, no con una impresión. Esa diferencia es capital: un dato se puede defender ante un perito, una opinión no.

Qué se estabiliza y qué no compensa

Conviene ser honesto en las dos direcciones. Muchos elementos se recuperan: se retira el depósito con medios específicos, se neutraliza la fracción ácida, se seca a fondo, se protege y el equipo continúa su vida útil con normalidad. Es lo habitual en cuadros de distribución, en canalizaciones, en estructura y en buena parte de la aparamenta. Otros no compensan: una tarjeta con corrosión ya extendida entre pistas, un bobinado atacado, un instrumento de precisión con el sensor comprometido o un equipo cuyo coste de tratamiento se aproxima al de reposición son partidas de sustitución. Decirlo a tiempo evita pagar dos veces y, sobre todo, evita reanudar la producción sobre un elemento que va a fallar en el peor momento.

El orden de reapertura importa tanto como la limpieza

Una decisión que casi nunca se plantea y que sin embargo determina el resultado: en qué orden se vuelve a poner todo en marcha. Arrancar una línea con residuo ácido dentro de los armarios no es reanudar la actividad, es acelerar el deterioro con calor y con movimiento de aire. La secuencia razonable pasa por bajar primero la humedad del recinto, después tratar y verificar los cuadros y la aparamenta que alimentan cada zona, después la maquinaria, y solo entonces arrancar por bloques, comprobando consumos y temperaturas. Es más lento sobre el papel y bastante más rápido en la práctica, porque evita el ciclo de avería, parada y reparación que se come cualquier ahorro inicial.

Documentarlo es tan importante como tratarlo

Un informe que solo hable de manchas y de olores está incompleto y sirve de poco. Debe incluir el inventario de instalaciones y equipos expuestos, la evidencia de presencia de residuo ácido, la valoración del riesgo de corrosión diferida y una recomendación explícita para cada elemento: estabilizar, vigilar durante un periodo determinado o reponer. Ese apartado es exactamente lo que permite que, si una tarjeta falla seis semanas más tarde, exista una constancia previa que sostenga la reclamación. Sin él, la discusión con la compañía se reduce a la palabra de uno contra la de otro, y esa discusión no la gana nunca quien no tiene papeles.

Tres cosas que puede hacer el responsable desde el primer día

Primera: no encender lo que ha estado expuesto al humo hasta que alguien lo haya revisado por dentro. Segunda: bajar la humedad relativa del recinto y evitar los ciclos de condensación, que son los que activan y aceleran la reacción; una nave cerrada en verano, con la chapa caliente de día y fría de noche, es el peor escenario posible. Tercera: levantar un inventario fotografiado de todo el equipamiento presente en las zonas alcanzadas, aunque parezca intacto, y adjuntarlo al parte. Ese listado tan simple suele ser, meses después, la diferencia entre una reposición cubierta y una pérdida asumida en silencio.

Por qué esto pesa especialmente aquí

Porque en el entorno de Tarragona la densidad de instalaciones con cuadros, automatización e instrumentación por metro cuadrado es alta, y porque muchos de los incendios que atendemos afectan a espacios donde lo que arde es precisamente material sintético y cableado. Eso significa que la probabilidad de encontrar depósito clorado sobre equipos críticos es, sencillamente, mayor que en otras plazas. No es un argumento comercial: es la razón por la que en cada peritación de nave que hacemos abrimos armarios antes de hablar de paredes.

A una llamada de distancia

¿Lo vemos juntos?

Valoramos cada caso en Tarragona antes de dar un precio, para que sepas desde el principio a qué atenerte.

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